domingo, 8 de febrero de 2009

MAYO


VALDEAJOS
DE LA
POSGUERRA AL PETRÓLEO (1.964)
VIDA COTIDIANA
JOSÉ MIGUEL GONZÁLEZ














(Mayo se representa como “Mayo caballero”. El caballero llevan un halcón para cazar).

Mayo era el mes de la flores en la iglesia y en el campo. En la iglesia era el mes de María. El rosario se alegraba con cánticos, “Venid y vamos todos con flores a porfía, con flores a María que madre nuestra es”. Se adornaban los altares con flores cortadas en el campo y azucenas y rosas cortadas en los huertos. Mayo se asocia en el recuerdo con el intenso y penetrante olor de azucena.
En mayo los chavales se afanaban en ir a buscar nidos de pájaros a los que se acercaban con cuidado y evitaban tocar para que los padres de los pajarillos no les aborrecieran. Entre los chicos se transmitían los descubrimientos. “Están poniendo”, se decía cuando se observaba que cada día aumentaba el número de huevecillos puestos por la madre. Cuando el nido estaba constantemente ocupado por alguno de los padres era que estaban “engüerando”, que estaban incubando. “Les han sacado”, cuando los pajarillos ya habían roto el cascarón y se les oía piar. “Están en cañón”, si les estaban saliendo las plumas, y “están para volar” cuando, cubiertos ya de buen plumaje, se preveía que pronto iban a realizar sus primeros vuelos.
“voy a hacer un chiflito”. Con un trozo recto de una rama de chopo se hacia un silbo. Sobre el trozo cortado se daban repetidos golpes con las cachas de la navaja hasta que la corteza “sudaba” y quedaba suelta. Se desprendía la corteza y se sacaba el interior redondo de madera. Con la navaja en una de las puntas se hacía un rebaje plano de unos centímetros. Se continuaba con un rebaje mas profundo y curvo. Se hacía un corte a la corteza en la parte superior coincidente con el rebaje curvo. Se introducía nuevamente la corteza y ya teníamos un silbato.
También se hacían “tirabiques” o tiragomas aprovechando una rama con forma de horquilla. Con los tirabiques se hacía puntería sobre cualquier blanco: perros, gatos o sobre los nidos de golondrinas, cobijados bajo el alar de los tejados.
El fútbol también en Valdeajos era el rey. Aquí se daban todos los factores para que el fútbol fuera el rey de los entretenimientos: campos llanos de hierba corta, mucho tiempo y chavales con ganas de jugar. Sólo escaseaba el más importante: el balón, pero siempre aparecía uno. Todos los días se jugaba al fútbol, especialmente los domingos.
Cada año se organizaba algún partido contra Sargentes, Dobro o algún otro pueblo. También aquí las aficiones se enfrentaban con cánticos,:” A la bin, a la ban, a la ban, a la bin bon ban, Valdeajos ganará”. Frecuentemente tocaba perder.
Otro entretenimiento, que se ponía de moda cada cierto tiempo, era el aro. Cada chico conseguía su aro, sacándolo de una cuba, de un carro, o de cual otra forma. También se fabricaban la guía con una varilla que se doblaba en un extremo en forma de u. Cogiendo la varilla por un extremo y empujando hacia delante el aro comenzaba a rodar. Parecería algo aburrido, sin embarco había temporadas en las que se echaban muchas horas caminando tras el aro.
El Bote era uno de los juegos más sencillos y divertidos. En cualquier sitio y en cualquier momento se podía jugar. Sólo se necesitaba un bote y unas piedras planas.
Era frecuente el juego del escondite. Una variedad era cuando los chicos se distribuían por distintos lugares del pueblo y voceaban: “tres aviones en el mar” y otros respondían: “otros tres en busca van”. Si no eran encontrados, nuevamente se hacían notar: “tres aviones en el mar”. No siempre era fácil la búsqueda.
Las chicas jugaban sobre todo al castro en el portal de la escuela. Dibujaban con tiza una serie de cuadrados. Se ponía un trozo de teja sobre el primer cuadrado y, a la pata coja, había que desplazarlo a otro cuadrado sin que la teja tocara las rayas de tiza. Si la teja quedaba tocando la raja se perdía y el castigo era encontrar la teja.
El día del Corpus Cristi estaba muy ligado a las flores. La víspera los niños con su maestra iban al campo a recoger toda clase de flores silvestres. Las más abundantes y vistosas eran las varas de San José y gallofitos. A primera hora de la mañana las mozas de cada barrio competían en adornar con flores su altar y los niños las esparcían por todo el trayecto. La procesión salía de la iglesia presidida por el estandarte, llevado al cinto por el mozo mayor, seguido por los hombres, niños, el alcalde con la cruz, el sacerdote con la custodia acompañado por dos monaguillos revestidos de blanco y detrás las mujeres entonando cantos religiosos. Se daba la vuelta al barrio de arriba y luego al de abajo haciendo una parada en cada altar altar.
El páramo renacía y florecía. Es increíble cómo un árido páramo se converte en un campo en flor. El amarillo de las argomas destacaba a lo lejos y su olor a miel penetraba hondamente. Las praderas crecían con diversidad de flores. Amarillos jévenes y rojas amapolas se dejaban ver en los sembrados, pero también daban su trabajo. Se escardaban los campos sembrados de trigo, de cebada y hieros. Se recogía este forraje y se traía a casa para echárselo a los bueyes.
Era también el tiempo de la siembra de la patata. El amo de casa se había levantado antes del amanecer. Había ordeñado las ovejas, acompañado por su mujer. Había apiensado bien a los bueyes, ya que iban a estar todo el día trabajando. Más tarde se levantaban los jóvenes y desayunaban. Se uncía los bueyes al carro cargado de sacos de patatas partidas, de mineral e instrumentos de trabajo como el arado romano y el rastro. Otra pareja llevaba el brabán.


Llegados a la tierra se cargaba el carro de basura y se distribuía en montones cada diez o doce metros. Después se esparcía cada montón. Ahora comenzaba el laboreo de la tierra.



o Lo primero era arar la tierra con el brabán. El brabán era un arado de hierro sobre dos ruedas con un mecanismo de palanca para cambiar el punto de profundidad y otro para dar vuelta la vertedera. Se araba a lo largo, cuando se llegaba al final del surco, a la voz del amo la pareja daba la vuelta y el campesino debía también voltear la vertedera para que la tierra cayera sobre lo orado. El brabán hacía mucho tiro y era necesaria mucha fuerza. De ahí que siempre se empleaba la pareja de más edad y fuerza. No era raro emplear una segunda pareja de “encuarta”. Generalmente araban a brabán los mozos que tenían más fuerza y agilidad.


Lo segundo era pasar repetidamente el rastro para deshacer los terrones y que la tierra quedara igualada y suelta “como la cernada.


o Finalmente, el amo abría un surco con la segunda pareja. Sobre el surco abierto, la mujer iba echando las patatas con una distancia aproximada de 30 centímetros. También sobre el surco abierto se echaba mineral y basura. La pareja daba la vuelta y ahora el arado romano tapaba las patatas. Y vuelta a empezar con otro surco. Había un empeño por hacer los surcos rectos e iguales. Era un signo de distinción. Esta labor la solía hacer el amo que tenía más experiencia y paciencia. La segunda pareja frecuentemente no estaba bien enseñada y tenía que ir delante un chaval.


Al medio día llegaba la comida. Ya se había visto o oído desde lejos que venían los chiguitos son sus capazos. Todos dejaban con alivio sus faenas y se iban sentando junto al carro. La madre iba sacando del capacho la tartera, el pan, las cucharas y alguna servilleta. De la parte superior de la tartera sacaba la carne de oveja, el chorizo, el tocino y “el relleno” (una especie de tortilla con hojas de perejil), debajo quedaba el cocido de garbanzos.
Todos iban cogiendo con sus cucharas los garbanzos de la misma cazuela y rebañando con mucho gusto el pan pegado al fondo. Los garbanzos todavía se conservaban calientes, pues al preparar la comida en casa se había cortado de la hogaza finas láminas de pan y se habían echado al fondo de la cazuela, que estaba al fuego, y sobre ellas el caldo y más tarde los garbanzos, la carne, el chorizo, el tocino. ¡Un barato y práctico termo”.
Después se iba comiendo la carne, el tocino y el chorizo. Como siempre fruta o postre no había. Durante la comida iba pasando de mano en mano la bota o la botija. Un poco de reposo, una cabezada y otra vez al surco.
Mientras los bueyes habían comido un saco de hierba seca o pacido unidos en alguna linde.
Terminada una tierra se comenzaba otra. Las tierras eran pequeñas. Todavía no había llegado la concentración parcelaria.
Al terminar la siembra en Lora, ya, las primeras patatas sembradas, estaban nacidas. Entonces se comenzaba a “ararlas”. El arado romano con “orejeras” se deslizaba por el hondo de dos surcos de patatas, los bueyes pisaban también por el hondo de los surcos laterales. Las orejeras ayudaban a levantar la tierra, el surco y a acercar la tierra a la raíz de la patata. El arado romano dejaba preparado el terreno para la siguiente labor: cavar las patatas.
La cava de patatas era una labor cansada y pesada. La postura para trabajar era muy incómoda: los pies separados y apoyados en el fondo de dos surcos, el cuerpo doblado hacia delante sobre el surco. Dolían los riñones y el tiempo se hacía eterno: subir un surco, otro y otro (se decía “subir un surco” porque la postura era más cómoda hacia arriba y siempre se subía. Cuando se terminaba un surco, se bajaba para comenzar otro). Ahora sí que se esperaba impacientes, el descanso de las “diez”, la comida, la merienda y la retirada. Para este trabajo se solía ajustar obreros del Valle Redible.
Sin embargo, con todo el cansancio que arrastraban cuando los jóvenes llegaban al pueblo, si hacía buena tarde, se sentaban a charlar chicos y chicas y se lo pasaban en grande.
Terminada la primera cava, si no había otro trabajo pendiente, se comenzaba una segunda vuelta de cava, a esta cava se llamaba “recepar”. El trabajo era más ligero. La tierra estaba más suelta. Ahora lo importante era quitar la hierba.
Mientras, de pronto, no se sabía muy bien cómo, aparecían los escarabajos. Era la hora de sulfatar. Esta era una tarea encomendada a los chiguitos. La herramienta era muy sencilla, económica y práctica, un bote de conservas. Se llenaba el bote de arseniato y se le cubría la boca con una media de cristal de mujer. Era la hora de mover el bote y espolvorear cada tolla, un surco y otro hasta terminar la tierra. Terminada ésta se comenzaba otra.
Al terminar la mañana estabas un poco atontado o mejor dicho intoxicado. A estas cosas entonces no se le daba importancia. Pero ahí estaban y seguramente con consecuencias. Eran frecuentes las muertes de cáncer en las personas mayores. No es extraño. Con las manos se cogía todo, arseniato, abonos químicos. Había poco agua y poca costumbre de lavarse antes de comer. Alguien decía que el labrador que no había comido una tonelada de tierra no era labrador.
Sobre la patata también se hacía otra tarea: la selección. Este era un trabajo que hacia la compañía PROPASI, pero pagaban los propietarios. Con las patatas, ya crecidas, comenzaba la primera selección. La cuadrilla de seleccionadores se componía de un jefe, el operario fijo de PROPASI, vecino de Valdeajos, seis u ocho cortadores y cuatro recogedores de tollas, estos eran operarios eventuales. Los seleccionadores cortaban las plantas enfermas y las plantas de otras variedades. Los recogedores las cogían y las dejaban fuera de la finca.
Se hacía una segunda selección en julio y una tercera y última en agosto. En esta última selección, ya salían patatas bastante gordas y los padres mandaban a sus hijos a recogerlas y si las fincas estaban lejos se llevaba el caballo para traerlas.

ABRIL


VALDEAJOS
DE LA
POSGUERRA AL PETRÓLEO (1.964)
VIDA CODITIANA
JOSÉ MIGUEL GONZÁLEZ















(Abril se representa como un joven con un par de brotes en sus manos. Es el mes de la primavera, cuando todo florece.)

Ya los días, en abril, van suavizándose pero todavía pueden llegar ramalazos de nieve y no digamos de heladas. El veinte de abril de mil novecientos cincuenta cayó una buena nevada.
La cuaresma remataba con la Semana Santa. La procesión del Domingo de Ramos nos introducía en una semana cargada de actos religiosos. Los ejercicios espirituales preparaban para la confesión y comunión general de Pascua Florida, precepto obligatorio para todos los cristianos. Eran dados por el cura de Sargentes. Ayudaba también a confesar, lo que se agradecía porque ayudaba a pasar el sofocón de confesar, sobre todo a los jóvenes. Era más fácil decirle los pecados de todo un año a alguien menos conocido. El Domingo de Pascua todos se acercaban a comulgar, No había otra alternativa si no se quería quedar en evidencia.



Eran días de extrema austeridad y de recogimiento. Durante tres días no tocaban las campanas y estaba prohibida la música. Para advertir al vecindario de que se acercaba la hora de los oficios religiosos, en vez del toque de campanas se utilizaban carracas y matracas. Consistían éstas en una tabla de 20 ó 30 centímetros de cuyo centro pendían dos mazos de madera de distinta clase. Al mover la tabla hacia arriba y hacia abajo con fuerza, los mazos golpeaban sobre ella produciendo así un sonoro repiqueteo.
Con las carracas y matracas los chavales recorrían el pueblo anunciando la Santa Misa u otros oficios religiosos. Como tampoco se podía golpear ningún objeto metálico, el monaguillo, durante la misa, no utilizaba la campanilla sino una carraca.
La tristeza se convertía en alegría y el color morado cedía al rojo con el cántico del Gloria in excelsis Deo. Era el Domingo de Resurrección.
Tras la misa se iniciaba la procesión. Salían los hombres tras el estandarte y se dirigían por debajo la fuente hacia el potro. Por otro camino, por la parte de arriba, iban el sacerdote, los monaguillos y la Virgen portada por cuatro mozas. Al encontrarse ambos grupos, el mozo mayor con la punta de la vara del estandarte le quitaba el velo negro de la cabeza a la Virgen. La maniobra era compleja y difícil. El mozo mayor debía demostrar mucha fuerza y habilidad. Había mucha expectación. Los cánticos ahora ya son más alegres.
Las campanas no sólo servían para anunciar la inminencia de alguna función religiosa, también se tocaban cuando fallecía algún vecino, cuando se declaraba un incendio, cuando se echaba la niebla cerrada (cruzar la Lora e incluso Carrileja con niebla o con cellisca era muy complicado), cuando debía reunir al concejo o para anunciar el rezo del ángelus o de ánimas. Pero los toques era diferentes en cada caso. Un buen campanero hacía expresar a sus campanas distintos sentimientos: alegría, dolor o temor. Cuando los chavales se acercaban a la iglesia de allá arriba siempre estaban tentados de dar unos toques a las campanas para desconcertar a la gente. Era su broma preferida.
Había una división del trabajo entre las campanas de la iglesia de “allá arriba” y los “campanillos de aquí abajo”.
Los campanillos de abajo cumplían las funciones más cotidianas como el tocar a misa y a rosario y llamar a concejo. También un hecho extraordinario como era un incendio. Entonces los campanillos repicaban insistentemente y toques muy rápidos como metiendo prisa a los vecinos para ayudar a salvar una casa.
Las campanas de allá arriba de más empaque, de sonidos más fuerte y graves se tocaban los días de difuntos y de ánimas. Difícilmente se puede expresar mejor el hondo sentimiento de dolor por la muerte de un vecino. El rotundo sonido, lento, cortado por largas pausas, lo llena todo, rompe el silencio y estremece el corazón.
También se tocaban para alejar las tormentas y el granizo. Entonces las campanas comenzaban lentas e iba intensificándose la velocidad y el sonido. Las campanas parecían decir: “Tente nublo, tente un que Dios puede más que tú. Si eres agua ven acá si eres piedra vete allá, siete leguas de mi pueblo y otras tantas más allá. Tente nublo, tente un que Dios puede más que tú. Tente nublo redoblado que Dios puede más que el diablo. Tente nublo, tente un, que Dios puede más que tú”.
El Concejo era el órgano de administración de los bienes y problemas comunes del pueblo. Fue siempre, incluso durante la dictadura, una institución democrática. En él tienen voz y voto todos los vecinos, aunque como en toda reunión no demasiado organizada, unos hablan mucho y alto, mientras otros callan. Dirigido por el alcalde pedáneo, elegido democráticamente por los vecinos.
Ante cualquier problema o decisión, el alcalde siempre convoca el concejo abierto a todos los vecinos. Allí se ajustaban los pastores, se hacían públicas subastas y se decidía cuándo iban a caminos.

El alcalde distribuía también otros trabajos entre los vecinos, distinguiéndose entre “camino largo” y “camino corto”, según su importancia y tiempo requerido para llevarlo a cabo.
La Casaconcejo era una casa vieja de una sola planta, sin la más mínima comodidad. Cuando la escuela perdió su función por falta de escolares, se convirtió en Casaconcejo.

La espera en el portal de la escuela ya no es tan dura. El aburrimiento del tiempo de espera se solía aprovechar para tirar unos cantos a la puerta del vano de Honorato y hacer rabiar a la Prudencia. En los meses de invierno, si había suerte, la Prudencia se compadecía de los chiguitos con mocos y ateridos de frío. Nos permitía cobijarnos en su espaciosa cuadra. Las relaciones de los chiguitos con este matrimonio reguñón, mayor y sin hijos eran muy contradictorias. Hora echando reguñones, hora pidiendo ayuda para atropar los corderos, pero, aunque tacaños, siempre daban una perra gorda. Los chavales, hora tirando piedras al portón, hora pidiendo cobijo de la nieve o la helada.
Al entrar la maestra en el portal de la escuela, todos educadamente le dábamos los buenos días. Comenzábamos a cantar la tabla de multiplicar, seis por dos doce, seis por tres veinticuatro... e íbamos entrando y colocándonos de pie junto a nuestras mesas. Rezábamos un Ave María y comenzaba la clase.
Era una escuela unitaria de unos treinta o cuarenta niños. Todos juntos, niños y niñas, pequeños y mayores, los listos y no tan listos, los que sabían leer y los que no. La asistencia a partir de los diez años de los hermanos mayores era muy irregular, dependía de las faenas del campo. Muchos salían de la escuela antes de cumplir los catorce. “He ido poco a la escuela”, se solía decir.
El trabajo era difícil y duro para una maestra novata y de ciudad. Necesariamente tendría que encontrarse desbordada y desplazada. ¿Qué tal enseña la nueva maestra?. ¿Ya aprendéis algo?.
El primer maestro de la posguerra fue Don Napoleón, un catalán desterrado aquí y represaliado por la dictadura franquista. En el pueblo dejó un muy buen recuerdo. Después sólo llegaron maestras jóvenes, sin tener la plaza en propiedad. También dejaron un buen recuerdo.
Los padres mostraban respeto y agradecimiento a la maestra. Cuando se mataba en casa siempre se le mandaba una ración.
Lógicamente la enseñanza y el aprendizaje no era de alta calidad. No lo podía ser por múltiples condicionantes. Pero sí se hacían unos estudios primarios dignos. Se leía bastante en público con libros de literatura infantil de la Caja de Ahorros. Se hacía cálculo mental también en público. Se hacían bastantes problemas de interés simple y compuesto y sobre todo de la regla de tres. Unos estudios para valerse dignamente en la vida. En el fondo qué es la enseñanza?: aprender a leer y escribir. Labor, por otra parte, nada sencilla.
Otro problema era la continuidad de estudios medios y superiores. Prácticamente la única alternativa era ir de fraile o de monja. Alternativa que los padres veían con buenos ojos. Cumplían con su espíritu religioso y se quitaban una boca de casa. A los jóvenes esto no les atraían mucho pero comprendían que era la única alternativa que tenían a su alcance. En los años sesenta algunas chicas fueron a estudiar a Aguilar. Con una mejor económica ya los padres se lo podían permitir.
Los instrumentos de trabajo eran la cartilla, el cuaderno, la pizarra, el pizarrín y las plumillas.
Casi todos los trabajos se hacían sobre la pizarra con un pizarrín. Tenía muchas ventajas. Se borraba con facilidad. Lo bueno y lo malo duraba poco. Cabían pocos deberes. Era muy económica. Si se cuidaba un poco, duraba mucho. La pizarra digital copia sus cualidades.
En el cuaderno se esmeraba uno más. Se adornaban y coloreaban los títulos. Se procuraba hacer buena letra y que no cayera un borrón, que no siempre era fácil de evitar con aquellas plumillas y el tintero lejano. Las niñas en esto siempre eran más cuidadosas, usaban con mucho cuidado el papel secante. Una buena letra era signo de aprovechamiento y una porfía por quién tenía una letra más bonita. En el cuaderno se hacían sobre todo los dictados y las copias de la Historia Sagrada.

Hace mejor tiempo. Hoy se han soltado a pacer por primera vez los corderos con sus madres, En Carrileja hay toda una algarabía de validos de madres y crías. Estarán juntos unos días para que los corderos, al acompañar a sus madres, aprendan el camino de vuelta a su tinada. Pero en la confusión de la llegada muchos se perdían.
Era el momento de los chavales. Primero buscaban los suyos y después ayudaban a otros vecinos a cambio de una perra gorda. Los corderos estaban marcados con manchas de color para que se distinguieran a lo lejos y una señal en las orejas para una clara identificación. Los chicos conocían las señales de otros vecinos, sobre todo de aquellos que daban buena propina.
A los pocos días los corderos irán a pacer en otro rebaño, cuidados por dos vecinos. Por la mañana salían más tarde y volvían antes que las ovejas. La llegada durante unos quince días también era complicada y había que buscar a los descarriados.
Se comenzaba a ordeñar las ovejas y hacer queso. La tenada estaba separada en tres apartados. El aprisco de los corderos, el de las madres y el de las borrillas (de un año). Se separaba a las borrillas porque al no estar criando necesitaban menos pienso, a los corderos para poder ordeñar.
Al amanecer los amos de casa ordeñaban con mucho trabajo y mucha paciencia. Después se soltaban los corderos. Era todo un espectáculo ver cómo cada cría encontraba a su madre en todo aquel revuelo. Pronto se volvía a meter en su aprisco a los corderos antes que tocara el pastor.
Para hacer el queso, se calentaba la leche hasta que consiguiera la temperatura adecuada, según el buen criterio del ama de casa. Se echaba un trocito de cuajo y se dejaba reposar durante un tiempo, hasta que la leche cuajara perfectamente. El cuajo se guardaba de un año a otro y se había elaborado en casa. Se había echado un poco de leche en el estómago de un cordero de pocos días, se había dejado reposar y al cabo de un tiempo ya se tenía un cuajo apto para hacer queso.
El ama de casa cogía con sus manos las cuajadas. Las apretaba bien para que saliera todo el suero y las iba depositando sobre un paño blanco. Cuando tenía todas las cuajadas sobre el paño, cogía éste por los extremos y presionaba nuevamente con todas sus fuerzas para que desalojara todo el suero.
Finalmente lo depositaba en el quesero, recipiente agujereado de barro. Colocaba sobre él un peso y lo dejaba reposar toda la noche en un lugar fresco.
Al día siguiente, cortaba con cuidado las orillas y echaba sobre el queso la sal. Una vez que el queso había tomado la sal, se le colocaba en una balda para la curación.
Cuando la madre cortaba las orillas, nos solíamos acercar para probar el sabroso queso.
El queso nunca faltaba en la cocina. Cuando salíamos de la escuela, lo primero era cortar un “cacho” de y un trozo de queso. Tampoco faltaba en la tierra a la hora de “tomar las diez” o la merienda. En casa no se apreciaba este delicioso alimento por ser demasiado cotidiano. Sí lo apreciaban mucho en el Valle. Cuando ponían a la venta los quesos de la Lora en Polientes, duraban muy pocos minutos.
Además de ovejas y cabras se criaban cerdos y gallinas.
En todas las casas había dos cerdos para la matanza propia y otros para engordar, Estos estaban en su “corte” cortín o cochinera. Fuera estaba el “cocino”, que era un tronco partido longitudinalmente y vaciado donde se echaba la comida, compuesta de salvado, patatas y otros desperdicios.
En casi todas las casas de Valdeajos se criaban pollos para el gasto. Para ello se esperaba a que alguna de las gallinas estuviera clueca, es decir, que hubiera sido cubierta por el gallo. Se notaba que estaba clueca porque cacareaba de forma diferente, con una voz más ronca.
Si salían cluecas varias gallinas, se dejaba una para empollar y a la otra se le quitaba la cloquera. Una de las formas de hacerlo consistía en meter la cabeza de la gallina en una caldereta con agua fría varias veces. Otro método consistía en poner la gallina debajo de una cesta durante tres días. Se colocaba una piedra sobre la cesta para que no pudiera salir y no se le ponía comida. Pasado ese período se volvía a soltar al corral con el resto de las gallinas.
Para echar huevos a una gallina clueca se preparaba una cesta con paja limpia y se colocaban encima los huevos. Se solían poner de 13 a 17, siempre un número impar (aunque nadie sabía el porqué) y que no fueran demasiados para que la gallina los pudiera cubrir bien con su cuerpo y las alas.
También se elegían los huevos según se quisiera que salieran pollos o pollas. Esto se notaba por la prendedura. Se cogían los huevos y se miraban al trasluz, y si la prendedura estaba en un lado o en el otro se tenía casi la seguridad de que saldrían machos o hembras. Otra forma de conocer de antemano el sexo era que de los huevos más redondos salían pollas y de los más alargados pollos. Se esperaba que llegase el buen tiempo, porque, como dice el refrán: “mayo frío, malo para pollos y bueno para trigo”.
A continuación se ponía la gallina clueca encima de los huevos y cerca de la cesta se colocaba comida y agua para que no tuviera que levantarse, evitando así que los huevos se enfriasen.
La incubación duraba 21 días y, pasado ese período, la gallina iba marcando los huevos con el pico para romper la cáscara y facilitar que salieran los pollos.
A continuación se metía la gallina y los pollos en un cajón aparente y se colocaba en algún sitio caliente, porque a los pollos recién nacidos les sienta mal el frío y pueden hasta morirse. Por eso, si cuando nacían resultaba que el tiempo era malo, había que ponerles calor. Y se preparaba su primera comida, que consistía en pan mojado en agua y arroz. Esta alimentación duraba hasta que se soltaban los pollos al corral.
Permanecían en el cajón aproximadamente un mes, y después se soltaban en el corral con el resto de las gallinas. Cuando comenzaban a crecer, enseguida se distinguían los pollos de las pollas por el tamaño de la cresta y de las mermellas. Los pollos tienen la cresta y las mermellas más grandes.
Las pollas se dejaban hasta que se hacían gallinas y comenzaban a poner huevos. Y los pollos se reservaban para las fiestas patronales, para la temporada que duraba la siega y, los más grandes, se comían durante la Navidad.
A las gallinas se les echaba grano para que lo comieran, pero ellas enriquecían su dieta alimenticia picoteando todo lo que les parecía comestible en la calle o en casa.
Al atardecer regresaban a casa y metiéndose por la gatera, el orificio que todas las puertas tenían en su parte baja, se dirigían al “albergadero”, formado por unos palos horizontalmente colocados y suspendidos del techo a los que subían a través de una rústica escalerilla que partía del suelo. Allí pasaban la noche. Antes del amanecer comenzaban a cantar todos los gallos de los numerosos gallineros que había en el pueblo anunciando el nuevo día.
También había “hornilleras” o colmenares, que eran como unas casetas con unos “dujos” o también empotrados en la pared. El “dujo” era un tronco de olmo vaciado. La miel se “cataba”, se recogía, en noviembre.
La guerra terminó en el Norte en agosto de 1.937. El frente desapareció de la Lora, pero la guerra dejó años de pobreza y dictadura.
La posguerra trajo las cartillas de racionamiento y el estraperlo.

En Valdeajos, y en los pueblos en general, las cartillas de racionamiento tuvieron poca importancia y terminaron usándose como una alternativa al papel higiénico. Sólo se empleaban los cupones para adquirir algunos artículos como el aceite, el azúcar y el tabaco en la cantina. Abundio adquirió un camión para abastecer su comercio de productos de Burgos. Los camiones de entonces tenían muchas averías.
Este camión se vio implicado en varios accidentes. En una ocasión transportaba muebles comprados en Aguilar. Paró en Barrio Panizares por una avería. Allí sacaron la gasolina en un caldero. Se estaba haciendo de noche. Una mujer se acercó con un candil para curiosear. Los del camión le dijeron que no se acercara, pero de pronto se produjo una gran llamarada que quemó los muebles.
En otra ocasión viajaba a Burgos con una carga de patatas y varios viajeros. Bajando, ya a San Felices, no pudo meter una marcha más corta. El camión fue cogiendo demasiada velocidad. Sorteó como pudo la cerrada curva del Muro. El camión era ya incontrolable y finalmente volcó a pocos metros del río Rudrón. Murió un vecino de Sargetes.
El estraperlo de trigo tuvo su importancia en Valdeajos por lindar con la provincia de Santander que tenía escasez.
Los estraperlistas se abastecían en el mercado de Villadiego. El camino más seguro y menos vigilado pasaba por Valdeajos. Eran frecuentes las recuas de burros cargados con sacos de trigo que pasaban por Valdeajos y hacían una pequeña parada. En una ocasión la guardia civil logró coger una partida de estraperlo en Valdeajos. Se decomisó el trigo y se subastaron las talegas en la Casaconcejo.
Otros estraperlistas del Valle Redible compraban trigo en Valdeajos para revenderlo en el mercado negro de la provincia de Santander. Para sortear la vigilancia, el vendedor cargaba su carro tratando de no hacer ruido y lo transportaba hasta la raya de Santander.
Terminó la guerra. El ejército marchó, pero no hicieron una limpieza del material peligroso. Era frecuente encontrar bombas, granadas y balas sin explotar.
Para los chavales era una atracción irresistible y un peligro. Un día encontraron en Hoyolavaca tres bombas alemanas, rojas y con unas aletas. Allí mismo lanzaron una a los lejos. Al caer, pegó contra el saliente de una trinchera y explosionó con un gran estruendo.
Caminaron hacia el pueblo con las otras dos. Antes de entrar al pueblo, junto a la pozona, un chaval tiró la segunda contra una pared y nuevamente explotó la bomba. Otro chaval tiró la tercera, pero fue a caer a un arroyo y la bomba no explotó.
Animado por su éxito el primer chaval, cogió la bomba y la tiró contra la pared de la era de Teodoro. La bomba explotó y cogió de lleno a quien la tiró. Allí mismo quedó muerto. Llegó la gente. Llegó su madre, dolorida y llorosa se lo quería llevar a casa. Toda una tragedia.
La tragedia se olvidó. La atracción de la aventura era mayor. Los chavales ya se creían expertos y se vanagloriaban de ello. La tentación de hacerse el valiente era muy fuerte. Explotaban granadas y balas. En alguna ocasión hicieron una hoguera, echaron allí las bombas. Hubo suerte. Las bombas no explotaron al momento. Los chavales se aburrieron y cuando estaban jugando, ya lejos, hubo una gran explosión.
En los años posteriores el cobre se cotizaba bien y de vez en cuando los chavales iban a buscan balas, excavando cerca de las trincheras. Se vendían cuando llegaba el chatarrero y conseguían unas pesetas para sus gastos.

MARZO


VALDEAJOS

DE LA

POSGUERRA AL PETRÓLEO (1964)

VIDA COTIDIANA
JOSÉ MIGUEL GONZÁLEZ














(Marzo, es el momento de podar las viñas, es el momento de podar los árboles antes que la sabia comience a correr de nuevo).

En Valdeajos no había lugar a podar vides ni tampoco otros árboles frutales, que no había. La fruta siempre fue la gran deseada, si algo se envidiaba de otros pueblos era la fruta del Rudrón. En el páramo no hay árboles y menos frutales por la altura y las consiguientes heladas.
A marzo se le daba la bienvenida con el canto de las “Marzas”. Los mozos comenzaban cantando: ”Las marzas floridas sean bienvenida, sean bienvenidas. Si es de cortesía o desobediencia en casa estos nobles cantar sin licencia, cantar cantaremos y si nos lo mandan también rezaremos, también rezaremos. Ábranse las puertas cierren las ventanas que vienen los mozos a cantar las marzas”. Paraban y en cada casa preguntaban, ¿cantamos o rezamos?. Haciendo alusión al estado emocional de cada familia.
El día del Ángel, era costumbre que los mozos fueran por las casas pidiendo, chorizo, huevos y otras viandas para hacer una gran comilona. Los mozos cantaban: “Ángel bendito de nuestra guarda, calle empedrada con rosas blancas, tocan maitines la Virgen Santa, cestos traemos, huevos pedimos, si nos les dan los recibimos”. La comida era sólo de los mozos, pero a la cena invitaban a las mozas, terminando en una gran juerga y diversión Esta costumbre fue copiada después por los chavales.
“Los mozos” era una institución bien establecida, con sus normas fijas. El paso de “chaval” a “mozo” tenía sus ritos establecidos. El Mozo Mayor dirigía y presidía ayudado por los dos más jóvenes.
Al salir de la escuela a los catorce años, los chavales se encontraban en un terreno de nadie. No se creían ya chavales, y se creían con todos los derechos a ascender un escalón, ser mozos ya. Los mozos más jóvenes hacían un filtro muy riguroso en la admisión de los nuevos candidatos.
Llegados a la edad, y después de pagar unas cántaras de vino, los nuevos ya podían entrar y permanecer en la taberna, aunque durante algún tiempo todavía tendrían que aguantar alguna novatada.
Los nuevos llegaban humildes y los mozos más jóvenes se comportaban arrogantes y prepotentes. El estado de “mozo” sólo se perdía con el matrimonio, con este se accedía al estado de “vecino” con derecho a ser miembro del “Concejo abierto.
Si la nieve había desaparecido y las tierras se habían oreado, se procedía a la siembra de la cebada, cereal de ciclo corto. La siembra se hacía esparciendo el grano sobre la tierra y después se tapaba con el arado romano y finalmente se pasaba el rastro para igualar el terreno.
En el extenso terreno de Valdeajos se distinguía claramente: la tierra cultivable y el terreno erio.
El terreno erio eran las tierras altas del páramo con algunas manchas de monte bajo, aprovechable para leña y para pastos de una ganadería extensiva.
El ganado lanar salía a pastar durante todo el año, excepto cuando los campos estaban cubiertos de nieve. Cada vecino tenía de 30 a 50 ovejas en la tinada de cada vivienda. Había un solo rebaño de más de mil cabezas. El pastor a primera hora de la mañana tocaba el cuerno en cuatro o cinco puntos del pueblo, aprovechando las pocas ocasiones que tenía para charlar con los vecinos. Cada vecino soltaba las suyas y todas se juntaban en la subida a Carrileja.
En invierno y durante muchos días al año, el pastor iba vestido de una pesada zamarra de piel de oveja y acompañado de unos cuantos perros para ayudar a cuidar los sombrados y también defenderse de los lobos. Era un oficio duro, mal pagado y mal considerado socialmente. Trabajaba todas las horas del día y todos los días del año. Salía al amanecer y volvía al anochecer. Sólo se libraba de trabajar los días que se daba sal. La soledad del páramo era su única compañía. Sin embargo eran muy sociables. Solían tener muchos hijos, a los que mantenían con mucha dificultad.
Había dos rebaños para el ganado vacuno: el de los jatos, la “vacada" y el de los bueyes.
El rebaño de los “jatos” estaba formado por novillos, vacas, caballos y burros. Era cuidado por otro pastor profesional. Era más difícil de controlar por su mezcla y diversidad. Este rebaño no salía en invierno a excepción de los caballos y burros.
El rebaño de los bueyes estaba formado por los bueyes de la primera pareja. Era cuidado por dos vecinos cada día, siguiendo un turno fijo. La salida de este rebaño estaba condicionada por el trabajo.



El terreno cultivable era el de las tierras bajas de los valles y hondonadas, allí donde el fuerte viento del páramo había acumulado la tierra. El terreno cultivable se dividía en tres hojas de rotación trienal. Cada hoja ocupaba un payo cada año.
La primera era la de cereal de ciclo largo: el trigo, que se sembraba en otoño y se segaba en verano.
La segunda se componía de varios productos:
Cereal de ciclo corto; la cebada, sembrada en primavera y cosechada en verano.
Leguminosas: hieros, alolbas, sembrados en septiembre – octubre y segados en julio.
La tercera: patatas, sembradas en primavera y recogidas en octubre.

En Lora sólo había una rotación bienal. Se alternaban las patatas y los cereales. Estas tierras de Lora eran muy buenas para la producción de patatas., Daban muchas patatas y de un tamaño mediano, “terciado”. Por tanto eran muy adecuadas para la patata de siembra.
Este sistema era muy racional y productivo. Había una rotación de cultivos en cada finca durante un ciclo de tres años. De esta manera el suelo no se empobrecía y recuperaba rendimientos. La segunda hoja de las leguminosas fijaban el nitrógeno con sus raíces, de esta manera mejoraba la siguiente cosecha de patatas. Así también la siembra de la patata, que era especialmente bien abonada, ayudaba a obtener una buena cosecha de trigo. Con este método se conseguía que todas las tierras fueran productivas al estar todas en producción. Se evitaba el barbecho. En Valdeajos sólo algunas tierras áridas del páramos se dejaban en barbecho.
A pesar de los beneficios de este sistema de rotación, este sistema se abandonó con la mecanización, la entrada en la Unión Europea y la perdida de la patata de siembra seleccionada y certificada. Muchas tierras hoy llevan sembrándose de trigo más de 30 años seguidos con una productividad mucho mayor por hectárea, pero no porque el sistema de monocultivo sin rotación sea el mejor, sino por la mejora del laboreo de la tierra y sobre todo por el empleo masivo de abonos minerales.
El respeto escrupuloso de las hojas también favorecía la existencia del ganado ya que al levantarse la cosecha de una hoja el ganado podía pastar ya libremente.
De cuando en cuando llegaban los gitanos. Se establecían en el potro, resguardándose de la intemperie. Las mujeres cerraban la gatera para que las gallinas no anduvieran por la calle. Preguntaban a los chavales si había muerto algún cerdo u oveja.
En una ocasión llegaron a conocer que hacía quince días el lobo había entrado en una tinada y había matado cinco o seis ovejas y que las habían tirado a la torca.
Dos chavales les condujeron a la torca. Uno de los gitanos entró por la boca de la cueva, los otros mientras desde el agujero de la torca gritaban ¡Pacho!, ¡Pacho! Para que los oyera y no se perdiera. Por fin desde abajo Pacho se dejó con gritos de alborozo. Los de arriba tiraron una soga. Pacho ató la primera oveja. Los de arriba comenzaron a tirar. Después de chocar contra la pared, apareció finalmente la primera. Los de arriba gritaban:!Qué güenas!, ¡Qué güenas!. Volvieron a tirar nuevamente la soga. En la tercera, cuando la oveja estaba arriba, la soga, comida por el roce con la roca, se rompió y el pobre Pacho se libró por los pelos. Finalmente lograron sacar todas. Las abrieron. Las sacaron el vientre y se llevaron la carne.
Los siguientes días se hicieron unas buenas sartenadas de carne. Los cánticos y jolgorios se hicieron oír.

ENERO VALDEAJOS DE LA POSTGUERRA AL PETRÓLEO (1.964)





VALDEAJOS

DE LA

POSGUERRA AL PETRÓLEO (1964)

VIDA COTIDIANA

JOSÉ MIGUEL GONZÁLEZ










Dios Jano (jaunarius = enero) de triple frente, pasado, presente, futuro. tiene dos llaves para cerrar el pasado y abrir el futuro)


En estas páginas nos vamos a detener en el pasado, en la vida cotidiana de la posguerra hasta 1.965. Tiempos aquellos, que ya pasaron y no volverán, pero que tuvieron sus valores y un encanto especial. Los miramos con un poco de nostalgia.

El primer día del año, después de haber celebrado en familia la Nochevieja, nos levantamos un poco más tarde y lo primero es cumplir con Dios y con la Iglesia. A media mañana las campanas tocan a Misa.
“Ya han tocado la primera”. Comienza el revuelo en casa, hay que endomingarse rápido. La gente va llegando a la iglesia. Las mujeres, cubiertas con el velo negro, van dejando las “almadreñas” en el pórtico, se dan el “agua bendita” y se arrodillan en sus “reclinatorios”. Los hombres se quedan en el pórtico, se felicitan el Año Nuevo y charlan amigablemente. “Tocan la tercera”. Los hombres dejan atropelladamente sus almadreñas y suben al coro.
Don Faustino, revestido del alba, cíngulo, estola y casulla, comienza frente al altar y de espaldas al pueblo “introibo ad altarem Dei... los dos monaguillos, revestidos de blanco, contestan también en latín: Ad Deum qui laetificat juventutem meam. El rito es en latín, la lectura de la epístola, el evangelio y el sermón en castellano. Aprender todas las respuestas en latín era una dura prueba de aprendizaje para unos niños de ocho años.
Todo está estudiado: el rito sagrado en un lenguaje misterioso y oculto; el mensaje moral, claro y comprensible para todos. El silencio sólo es interrumpido por fuertes toses de catarros mal curados. Nadie se acerca a comulgar. Sólo se comulga en Pascua Florida. Para comulgar hay que estar libre de pecado y esto sólo se consigue tras la confesión. Hay mucho respeto a Dios.

Tras la misa, las mujeres van cogiendo sus almadreñas, salen, hacen corrillos en la calle y finalmente se dirigen a sus casas. Los chavales aprovechan para tirar algunas pellas de nieve. Los hombres continúan la tertulia en el pórtico un buen rato, rematan la mañana tomando un porroncillo de vino en la cantina de Abundio.

Al mediodía nos sentamos a la mesa. Hay una comida algo especial. Hay mucho alboroto. Muchos platos para poca mesa. Muchos comensales, muchas edades. Algún pique entre los pequeños La madre reparte y el padre sin palabras pone orden.
Días muy fríos, los de final y comienzo de año. La nieve cubre las calles. Es peligroso andar con las amadreñas, especialmente por los callejos sombríos y helados. Son días casi festivos, no hay escuela, los hombres tienen poco trabajo, apiensar al ganado y poco más. En casa para las mujeres siempre hay trabajo.
El día cinco por la noche los niños dejan con cuidado y con ilusión sus zapatos en la contraventana. El sueño ha sido más ligero y a primera hora se comprueba si los Reyes Magos han podido cumplir con su trabajo. Efectivamente, han dejado algunas cosas: naranjas, higos, pasas, castañas y un cuaderno con pinturas. Los juguetes no han podido llegar por la nieve. Estos Reyes Magos han sido prácticos. La ilusión, con todo, no ha sido defraudada. Esta noche ha nacido un corderillo negro de una oveja blanca. Los “chospidos” y carreras de los corderillos por la tinada contagian de alegría a la casa.
El día Reyes los pastores van pasando por las casas de cada vecino para recibir el aguinaldo. Son recibidos con unas copas de licor. El ama de casa les va entregando algo de la matanza, de cecina y legumbres. Se despiden alegres y se felicitan mutuamente el Año Nuevo.
La nieve es una constante. A veces especial: el Año Nuevo de mil novecientos cincuenta y dos, al comenzar a nevar, dos mozos de San Andrés, que trabajan escogiendo patatas en Valdeajos, deciden subir por miedo a que al día siguiente no lo puedan hacer. Efectivamente se calzan sus botas, se ajustan las polainas, se abrochan sus pellizas, se calan los pasamontañas y afrontan la subida resguardados primero del viento. Al votar a Paulette la cellisca les ciega y les congela. El frío y la cellisca todavía será más fuerte y en la llanada y en crucero. Finalmente llegan a Valdeajos. Entrar al calor de la “gloria” es el auténtico paraíso. Sigue nevando. Se cierran los caminos. La nieve les obligará a permanecer allí durante diecisiete días. Es un dato significativo del rigor de los inviernos en aquella época.

Las casas, de tejado a dos aguas, suelen tener tres plantas. En la primera planta están la cocina, un portal de distribución, la cuadra y la tinada. En la segunda, las habitaciones, un comedor y el pajar. En la tercera sobre las habitaciones está el desván abuardillado y con ventanas pequeñas.
La cocina era el centro de la casa, En el frente estaba la cocina económica alimentada constantemente con leña seca. A un costado solía haber un basar, rudimentario armario con baldas en las que se colocaban los tanques, tazones y cazuelas para el desayuno, los platos y fuentes, algún jarro para sacar el vino del pellejo. Junto al basar la mesa y las sillas. Debajo de la mesa una “eradas” o “calderetas”, llenas de agua. Agua para cocinar, garúa para fregar, agua para la comida del cerdo, agua para lavarse. No hay agua corriente. También había una o dos botijas, para beber.
La cocina es la estancia más caliente de la casa en invierno. Se atiza constantemente la cocina económica y su placa se pone al rojo vivo.

La gloria también calienta el suelo. La gloria es un sistema subterráneo de calefacción antiguo, muy eficiente y económico. Cada mañana se atacaba la gloria con paja de cebada, lentamente, sin prisa, hasta que el tiro era seguro; a continuación se añadía algo de leña para que ya no hubiera necesidad de preocuparse hasta el día siguiente.



En la cocina se almorzaba, se comía, se cenaba y... se trasnochaba. Durante las largas noches de invierno, las madres remendaban pantalones, hilaban o tejían; los padres componían alguna collada del ganado o cincha del caballo, las chicas planchaban sus faldas y los chicos hacían sus deberes escolares o jugaban al parchís. A estas veladas o trasnochadas de invierno siempre se unían algunos vecinos, de esta forma, al tiempo que se ahorraba leña en una casa, la conversación se hacía más amena.
En muchas ocasiones salía entonces el tema de guerra y el frente de Lorilla y el Somo. Cómo silbaban las balas a su lado cuando estaban segando en la tierra o acarreando. Cómo los hombres tenían que hacer guardia en la iglesia de allá arriba. Cómo en días serenos se intercambiaban insultos con los rojos. Cómo, en alguna ocasión, hubo una orden rápida de desalojo de mujeres e hijos menores de catorce años hacia el Rudrón y los hombres tuvieron que comer del rancho de los soldados. Cómo los soldados preparaban el rancho en algún vano. Como los soldados dormían en los pajares. Cómo los caballos del ejército nacional habían roto la puerta de la cuadra con sus coces.
La tertulia más animada y la cocina más caliente era la de la Tina y su marido Teodoro. La Tina, nacida en Lorilla, contaba con gran realismo cientos de anécdotas que les ocurrieron durante el asedio de Lorilla, pueblo asomado el valle Redible y zona roja. Cuando la narración de la Tina decaía, tomaba su turno su marido Teodoro y su hijo Justino, cantando y tocando canciones populares. Tocando con sólo sus manos sobre la mesa o un armario, eran unos verdaderos genios del ritmo y de humor. De vez en cuando Teodoro intercalaba un chiste o una anécdota graciosa.
Para los chavales el encontrar cada noche dónde cobijarse del frío y de la helada era un verdadero problema. Hoy una cocina, mañana una cuadra. Hoy en tu casa, maña en la mía. No se si me dejarán. En fin, es incomprensible cómo podíamos pasar tantas horas en la calle con tanto frío y tan contentos.
El portal daba acceso a otras dependencias y al piso superior. Servía para todo. Allí solía haber un mueble con una palangana, un jarro de agua y una toalla. Algún arca para guardar ropa ...
La cuadra solía tener espacio para tres parejas y un caballo o un burro. De frente, pegada a la pared estaba la pesebrera, formada por una viga longitudinal de roble y unos travesaños separando los pesebres. De la viga colgaban las cadenas para atar a los bueyes. Entre los bueyes, colgada del techo solía haber una cesta llena de harina de yeros. Cada pareja estaba separada por una “estambrera”, dos postes de madera unidos con tablas. Si en casa sólo había dos parejas y un caballo, el espacio sobrante se aprovechaba en invierno como sala de estar. En un costado de la cuadra solía estar el cortín de los cerdos y la pajera, que comunicada por una trampilla con el pajar.
La tinada de las ovejas era más espaciosa y solía tener varios apriscos. Pegadas a la pared estaban las canales, apoyadas por unos troncos de madera.
En la segunda planta había tres o cuatro habitaciones. Cada habitación solía tener una cama grande, un armario y dos mesillas. El comedor con una mesa despegable, sillas y un aparador. No se solía usar más que el día de la fiesta del pueblo.
El pajar ocupaba la segunda planta hasta el tejado y solía ser espacioso. En él se guardaba la paja negra (de hieros), la paja blanca (de trigo) y la hierba seca de las praderas.
Sobre la zona habitable estaba el desván. Solía hacer de troje para los hieros, la cebada y el trigo.
En enero la actividad en el campo era nula. La faena estaba en casa con el ganado.
Era el tiempo en que las ovejas comenzaban a parir. Si salían a pacer, antes de soltarlas, se apartaban aquellas que podían parir aquel día. Con todo, muchas parían en el campo y el pastor tenía que cargar con los corderos y tener buen cuidado de recordar de qué amo eran las crías.
Cuando se daba el caso de que alguna oveja aborrecía o despreciaba a su cría y no la amantaba, se encerraba a madre e hija en un estrecho recinto y le “enviscaban” un perro. Era el remedio para que la madre, tratando de proteger a su cría del extraño compañero de habitación, la mantuviera junto a ella y terminara por aceptarla.

Algo parecido se hacia cuando a una buena criadora se le había muerto su cría. Se le arrimaba otro cordero de una borrilla (madre de 1 año). Estando la oveja de pie, se la sujeta por el cuello y el cordero se encarga del resto de la operación apremiado por el hambre. Poco a poco ambos se iban encariñando.


Cuando las corderas tienen unos pocos días de vida se las rabona. Se sujeta con la mano izquierda la parte de cola que se desea mantener y, con la mano derecha se clava la uña del dedo gordo, se dan dos o tres vueltas retorciendo la cola para quebrar el hueso, se tira y ésta se desprende con gran facilidad.
Cuando los corderos se quedaban solos, ocupaban todo el espacio y aprovechaban para correr, saltar y chospar. Era todo un espectáculo contemplar sus chospidos. Al atardecer ya el hambre les acuciaba y comenzaban a balar. Balidos que atronaban cuando oían llegar a sus madres. Cuando éstas entraban en la tinada se lanchaban con todas sus fuerzas sobre sus ubres. Se arrodillaban, daban golpes con sus cabezas y movían sus colas, mientras tragaban con voracidad la rica leche.
A partir de ser primala, la oveja cambia dos dientes cada año hasta el quinto. Los entendidos saben la edad que tiene una oveja por el estado en el que se encuentra su dentadura. Se llama cordera, desde que nace hasta los seis meses. Borrilla, de los seis meses hasta un año. Primala, de uno a dos años. Borra, de dos a tres años. Igualada, de cinco a seis años. Vieja, a partir de los seis.
A las ovejas se les solía echar a la calle, mientas se echaba en las canales paja negra (de hieros) y grano de hieros. Al abrir la puerta se agolpaban, como lobas, para poder llegar las primeras a la canal y comer más que las demás. Cuando estaban paridas se les echaba más hieros y cuando salían a pastar a veces sólo se les echaba paja. Las canales eran los comederos, hechas al vaciar un tronco de roble.
La nieve retenía al ganado en la tinada largas temporadas hasta que el deshielo dejara grandes claros de pasto. Los amos estaban deseando de que el pastor tocara el cuerno para ahorrarse el pienso. El ganado lanar es muy voraz y las existencias de forraje siempre son escasas.
El alumbrado que se utilizaba en las majadas era el del candil de aceite y también el carburo. Sólo había luz eléctrica durante la noche y de muy baja calidad. Daba poco más luz que un candil y se marchaba constantemente. La luz eléctrica procedía de una pequeña central hidroeléctrica de Valdelateja.
Al ganado vacuno se le alimentaba con paja blanca (de trigo), harina de hierros, de cebada y también con hierba seca. A cada buey se le echaba en su pesebre una criba de paja y unos puños de harina. Había que apiensar por la mañana, al medio día y al atardecer. Al agua se les echaba por la mañana y por la tarde. Era frecuente que en los pilones se encontraran con otros bueyes y de vez en cuando se “lunchaban”. Se provocaban a distancia, berrando y escarbando. Se enfrentan con sus cabezas tratando de acoplar sus cuernos para ejercer más fuerza. Se arrastran un buen rato y finalmente el vencido se retira de la lucha, momento que el vencedor aprovecha para cornear al perdedor.
El amo siempre tenía que estar pendiente del ganado en invierno. “La vista del amo engorda al ganado”. La piel de los bueyes bien alimentado tenía un brillo especial. En los tiempos muertos se les cepillaban para que tuvieran buen aspecto, primero con un cepillo metálico, un rascador, y después con un cepillo de cerdas. Se esmeraban en cepillarlos, especialmente los días anteriores a las ferias.
Los bueyes eran absolutamente necesarios para el trabajo, para tirar del carro, del brabán y del arado romano. Pero también se comían una buena parte del trabajo. El pajar y la troje tenían que estar repletos antes del invierno. Si moría un buey, las finanzas anuales estaban en peligro. Para mitigar la pérdida, existía “la iguala”, una especie de seguro que se encargaba de abonar al amo una cantidad. Con el animal accidentado se quedaba la iguala y, si era recomendable y posible, trataba de vender o repartir la carne
La limpieza de la cuadra era otro trabajo duro y diario. Había que retirar las boñigas con el carrete y echar paja en las camas.

Cuando la nieve dejaba libre los caminos, se uncían los bueyes, se ensobeaban al carro, se cargaba la basura y se llevaba a las tierras que iban a sembrarse de patatas.
Se aprovechaba también algún día bueno para uncir por primera vez una pareja de novillos no domados. Una vez uncidos se daba unas vueltas con ellos para que aprendieran a andar uncidos. Otro día se les pondría a tirar del carro,
Por la noche ha caído una gran nevada y aún sigue nevando. Hay que abrir sendas. Para facilitar el trabajo se suelta los bueyes al agua y el amo se monta en el caballo. Los bueyes harán el primer trabajo de despejar el camino y las ovejas lo terminarán y mejorarán.
A la semana siguiente ha abierto el cielo y aparece un sol radiante. Las campanas tocan a concejo. El alcalde propone ir a espalar y abrir la carretera hacia Sargentes. Todos los varones se calzan gruesas botas de cuero o de goma, se ponen sus pellizas otabardos, cogen su pala y se van para el tajo. Unas cántaras de vino, pagadas por el alcalde han espoleado el trabajo y han traído alegría y diversión. El día ha terminado, al fin, en una fiesta improvisada en la cantina de Sargentes. Se ha roto el aburrimiento de la estancia junto a la lumbre.
Los chavales aprovechaban cada día la nieve dura para tirarse cuesta abajo con sus tablas, confeccionadas por ellos mismos. Esta diversión solía costar fuertes reprimendas y castigos de las madres por llegar mojados o por llegar tarde a la escuela. El castigo más frecuente era escribir en la pizarra 100 veces: no llegaré tarde a la escuela. También se castigaba la maestra a sí misma, que tenía que dar el visto bueno a cada pizarra llena.
Con las heladas el suelo se hacia peligroso y resbaladizo. De los tejados colgaban brillantes “chapiteles”. Cuando salía el sol y suavizaban las temperaturas comenzaba el deshielo. Las calles se llenaban de “murcia” y era difícil que el agua no entrara en las almadreñas y no se mojaran las alpargatas y los calcetines de lana.


sábado, 7 de febrero de 2009

FEBRERO

VALDEAJOS

DE LA

POSGUERRA AL PETRÓLEO (1964)

VIDA COTIDIANA

JOSÉ MIGUEL GONZÁLEZ




















(Febrero se representa como un achacoso anciano calentándose ramos y pies cerca de la lumbre).

Para romper el encierro en casa junto a la lumbre, cuando salía algún día bueno, los mozos aprovechaban para hacer carreras de caballos, lo que se llamaba “espajar los caballos”,. Había piques y apuestas entre ellos y daba mucho juego para la discusión en las horas muertas de la taberna.
Lo más duro del invierno era el trabajo en el patatero. Había que hacer muchas horas de rodillas, con mucho frío y poca luz. Las patatas estaban frías, las manos se enfriaban, dolían las uñas “turraban las uñas”. Era el momento de acercarse a la lumbre un rato. El tiempo se hacía interminable.
Arrodillados sobre unos sacos vacíos frente al gran montón de patatas se hacía una primera selección echándolas en tres carpanchos diferentes: las grandes y las defectuosas, las medianas y las pequeñas.
Ø Las grandes, o defectuosas para consumo: se apartaban en un montón. Una parte sería para el autoconsumo propio y la otra parte para la venta a compradores profesionales privados.
Ø Las pequeñas: tenían también un doble uso. Las más pequeñas de las pequeñas se cocían cada día para engordar a los cerdos. Las más grandes de las pequeñas o de “golpe” se reservaban para la venta a otros agricultores de regiones cercanas que buscaban una buena y seleccionada simiente. Estas patatas se cotizaban frecuentemente a un mejor precio que las de la PROPASI, lo que daba origen a la picaresca.
Ø Las medianas y sin defectos: la patata de siembra se destinaba a la venta en exclusiva a PROPASI. Según su calidad, la Compañía establecía dos categorías: seleccionada y certificada. La certificada era de una calidad superior.
La segunda selección la hacían empleados eventuales de la compañía, que procedían del Valle Redible, los “vallucos”. Un empleado, en cada patatero, iba vaciando cada cesto, previamente seleccionado por el propietario, y llenando sacos de esparto de 50 kilos.
Posteriormente pasaban los pesadores con una gran romana, un gran manojo de cuerdas, etiquetas y precintos, Con ellos solía llegar el jefe que revisaba los sacos no precintados, era el tercer y definitivo filtro.
La gran romana era una adaptación propia de la balanza romana. Sobre un gran trípode de hierro había una balanza, fija en los 50 kilos, dos cadenas terminadas en ganchos para coger los sacos y una palanca para desplazar el saco y dejarlo en suspensión. Mientras el pesador compensaba la carga, poniendo o quitando dos o tres patatas. Era un artilugio pesado que había que cargar al hombro de un patatero a otro.
Los pesadores ponían cada saco en 50 kilos. Cosían la boca, sujetaban una ficha con el nombre del propietario, variedad de la patata, calidad: seleccionada o certificada, procedencia y kilos. Finalmente ponían un precinto.
Los sacos estaban listos para el transporte. Cada día llegaba uno o dos camiones que eran cargados por los operarios de PROPASI. La llegada de los pesadores y de los camiones era recibida con alivio, pues rompía el aburrimiento del trabajo y se prestaba para gastarse alguna broma.
La patata de siembra era el producto más importante en la economía de Valdeajos. Prácticamente era el único producto para el mercado y el mayor ingreso dinerario de cada familia. Durante los años buenos hubo una sucursal del Banco Central, en el pueblo. Cuando la PROPASI pagaba, allí se presentaban los primeros, Bancos y Cajas, como cuando cae el gordo de Navidad.
Todos tenemos en la retina los tacos de 100 billetes nuevos de 100 pesetas que nuestro padre traía a casa. No les quitábamos ojo. Nos parecía mentira que pudiera haber tanto dinero y además todos los billetes eran nuevos.
Los cereales, en gran medida, eran para el autoconsumo. Sólo una pequeña parte del trigo se vendía en el mercado, al Servicio Nacional del Trigo
La PROPASI (Productora de patata de siembra) era la compañía con la que los productores tenían un contrato en exclusiva.
La Compañía se comprometía a comprar toda la producción a un precio determinado por ella y una calidad también visada por ella. Los agricultores también se comprometían a comprar, a un precio fijado por POPASI, toda la simiente de patata seleccionada e importada.
Un contrato, sin duda, leonino, pero con todo, el agricultor ganaba un mercado seguro. Nunca se ganó más dinero. Las relaciones siempre fueron tirantes y difíciles. Terminaron haciéndose trampas y finalmente la relación se rompió, aunque hubo otros motivos.
La PROPASI llegó a mediados de los cuarenta. Anteriormente se cultivaba en Valdeajos la patata roja, que consiguió un prestigio de calidad y consiguió atraer a compradores, agricultores valencianos. Compraban toda la cosecha, tanto grandes como pequeñas, para su propia siembra. Pagaban bien, pues no había intermediarios. El problema era el transporte. Había que acercarlas al tren. Los labradores cargaban sus carros y emprendían un largo camino por la Lora hasta Camesa, a más de 25 kilómetros. Veinticinco kilómetros a paso de buey. Más tarde se llevaban a Basconcillos.
Valdeajos prosperó mucho con la venta de la patata roja. Muchos vecinos emprendieron la construcción de casas nuevas.
El cultivo de la patata empujó a ampliar el terreno cultivable, especialmente apropiado para ella: “el navazal”, la Lora . El concejo determinó dar un ejido a cada vecino a cambio de una cantidad de dinero. Este dinero se empleaba para mejoras y obras del pueblo, como bajar la fuente del barrio de arriba al centro del pueblo. Se echaron egidos casi cada año. Se comenzó por la Cotorrilla. Le siguieron Fuentesapo, los Navazalezos. Se remató la roturación del Navazal con los egidos de Cendera. Estas tierras se dedicaron a la siembra en rotación bienal de patata y trigo
La roturación del Navazal supuso un gran cambio en la economía de Valdejos.
Con esta decisión ya tenía poco sentido la dedicación a las mulas. Estas mulas se compraban en Reinosa, se engordaban con los pastos del Navazal y se vendían en la famosa feria de Villadiego. Eran muy solicitadas en Tierra de Campos.


El 12 de febrero se celebraba una feria de ganado en Basconcillos del Tozo. Era una de las primeras ferias de ganado del año. Era una buena ocasión para hacerse con una buena pareja de bueyes con garantías para la nueva temporada. Durante el invierno se había podido engordar la pareja, ya vieja, para ahora venderla para carne.
En estas ferias había una amplia gama de ganado vacuno tudanco, desde bueyes viejos para carne, buenas parejas en la mejor edad para el trabajo y novillos, no domados o enseñados. Había menor presencia de ganado equino y lanar.
Entre los compradores y vendedores también había una amplía gama, desde el tratante, profesional que se las sabía todas, el comprador experimentado y el inexperto. Los inexpertos se hacían acompañar de algún vecino más avezado.
Los tratantes, vestidos con su blusa gris y su ijada dominaban las ferias. Su regateo era todo un arte, que a veces se hacía prolongar, hasta que alguien se dejaba caer por el corro y hacia el oficio de mediador , partiendo las diferencias.
El trato se cerraba con un apretón de manos, pero todavía no estaba cerrado totalmente el trato, faltaba el registro. Del registro se solía encargar un tercero imparcial, un “hombre bueno”. Era la hora de sacar las faltas y defectos para rebajar un poco el precio. Sobre todo se inspeccionaban la boca (años) y las patas (rodillones y alifaces). Los ganaderos también conocían trucos para engañar al comprador; por ejemplo, rellenaban con sebo las palas agujereadas.
Ahora se cerraba definitivamente el trato, procediéndose al pago o al cobro.
También era frecuente el cambio de parejas, compensándose las diferencias con dinero. “Ya habrás arrimado bastante”, solía recriminarle la dueña al feriante que llegaba a casa con nueva pareja.
Al caer la tarde se retiraban del ferial procurando hacer el camino de vuelta en grupo por seguridad. Los chavales esperaban con ilusión e impaciencia la llegada de los feriantes y conocer las nuevas parejas.
Había bastantes ferias de ganado en la comarca. Ruerrero Polientes, Soncillo, Sedano, Basconcillos eran las más cercanas, en torno a las 15 kilómetros. Villadiego, Cervera, y Reinosa, más lejanas, a unos 30 kilómetros.
Estas ferias convocaban a mucha vente. Se llenaban posadas y cantinas. Eran días de fiesta. Corría el dinero. Se jugaba. La ocasión también era aprovechada por los amigos de lo ajeno.

El Miércoles de Ceniza, al finalizar la misa, el sacerdote hacía una cruz con ceniza sobre la frente diciendo: pulvus eris et in pulvere converteris. Comienza la cuaresma. Tiempo de sacrificio sobre la ya sacrificada vida cotidiana del frío páramo. Tiempo de ayuno y abstinencia.
Para mitigar el rigor del sacrificio, la Iglesia vendía unas bulas de distinta cuantía en función del poder adquisitivo de los fieles. En Valdeajos, los cabeza de familia solían comprar una bula de 5 pesetas y de una peseta para cada hijo. De esta manera el ayuno obligatorio para todos los viernes del año se quedaba en una prohibición de no comer carne sólo los viernes de cuaresma. Esta norma ayudaba hacer más variada la alimentación.
Durante la cuaresma también se prohibían los bailes, cines e incluso la música. Prohibiciones que en Valdeajos estaban fueran de lugar por haber pocas ocasiones de diversión. Aunque sí hubo durante algunos años baile en un salón de Basconcillos. Era frecuente que los mozos el domingo por la tarde cogieran sus viejas bicicletas y fueran a Sargentes o que los de Barrio Panizares o Sargentes vinieran a buscar diversión y mozas a Valdeajos. En Valdeajos había más mozas que mozos, de ahí que fuera un centro de atracción juvenil. Ahora recuerdo que durante algún tiempo también hubo un salón de baile en Valdeajos.